24 marzo, 2006

El Translado.

Desde que el 29 de Junio de 1.653 fuera proclamada Patrona de Almonte, la imagen de la Virgen del Rocío se viste de Pastora y visita a su pueblo. Siete años tardan los almonteños en poder tener a su patrona entre ellos, con ellos... Y por eso la fiesta es grande, la mayor que conoce el pueblo.


Desde que la cubren en la aldea para que no sufra los rigores del camino hasta que en el Chaparral la descubren para que asome sus ojos a los hijos de Almonte, la Pastora sabe lo que es ir cruzando caminos a hombros de los suyos, por las sendas que trazó la tradición.

En el verano, después de un centenario de almanaques de espera, por la tarde ya están allí los suyos, todos los que se sienten rocieros de esas horas mágicas a la espera de la visita. La Camarista que ha visto pasear de Pastora por el Real, le coloca las telas que habrán de protegerla por el camino. Es un camino duro, a veces bajo el calor, siempre envuelta en polvo ; a veces atravesando fangales. Pero el campo es la patria terrenal de esta Virgen, su dominio más querido y cruzar entre las jaras, frente al viento limpio que llega de la mar, por las mismas huellas de sus hijos es deseo de Quien anida en silencio en la ermita blanca, junto a la Madre.

Si nos llenan las noches de las acampadas de las hermandades en su anual peregrinar al Rocío por Pentecostés, la noche del camino entre la Aldea y Almonte, no tiene igual.

El aire, asustado de la pólvora que, como tormenta domesticada, truena en los cañones de las escopetas almonteñas, aletea como un bando de pájaros miedosos sobre la multitud. Ella, Rocío, va entre las luces de los coches que alumbran los caminos como linternas samaritanas.

Son tres leguas que se cruzaran a tientas pero conscientes de que el alba tendrá el frescor de la blandura de su rostro cuando llegue el momento.

Van los mozos levantando el perfil oculto de Rocío y los pinos y la tierra entonan una inaudita Salve Campera.

Nunca sola, como siempre pasa...
Rocío hace el camino desde su ermita hasta su pueblo entre el fervor y la alegría de quienes tienen en ella a su Virgen, a su motivo de fe... a su motivo de esperanza...a su motivo de alegría... Porque alegría es siempre la que acompaña a esta Virgen. Una alegría que, en este traslado, hace que el campo parezca una Romería de Pentecostés.

Cada aparición de la Virgen del Rocío es una ocasión para que los rocieros acudan a estar cerca de Ella, a acompañarla, a seguirla...y es , entonces, cuando nace una nueva dimensión del camino. La imagen que tenemos de un tradicional camino se transforma porque, si es verdad que la estampa del romero es casi idéntica, en el lugar del Simpecado va, aunque cubierta de tela, la que es sagrado eje de todo lo que es el Rocío : La Virgen.

Almonte sale de su casa, se vacía, para ir en busca de su Virgen y patrona. Hay en esa búsqueda un entusiasmo filial único, gozoso, como un canto de romero y Ella cruza como una sombra colocando en el paisaje la dulce huella de su mariano pie.

Pero donde de verdad el traslado cobra su momento es a la llegada a Almonte.

Si en el camino, junto a los cantes y los rezos sonaron tiros de escopeta, el recibimiento en el Chaparral, en Almonte no tiene comparación. Cuando la Camarista, al romper el día le quita a Rocío las telas que la vinieron protegiendo y la cara de la Pastora asoma como el más preciado sol de la mas celestial amanecida, el delirio se apodera de la muchedumbre que la aguarda impaciente para pasearla por las calles del pueblo y dejarla en la Iglesia como quien recibiera a su Madre después de muchos días fuera de su casa y supiera que la va a tener en deseado y glorioso hospedaje.

Y para este motivo Almonte se transforma: Le pone a su caserío el contrapunto mágico de arcos y templetes adornados como solo este pueblo podrá hacerlo en honor a su Virgen.

Quien no ha visto como se adorna Almonte para esperar a su Virgen y celebrar la estancia de Ella en el pueblo, no podrá entender nunca como es la devoción mariana de los andaluces. El pueblo entero colabora para que la plaza principal y las calles que la Señora recorre desde el Chaparral hasta la Iglesia sea un mundo de fantasía donde el fervor y la gracia se funden para levantar una ciudad blanca que deje constancia de que allí, en Almonte, esta la Virgen del Rocío.

Bajo la noche iluminada, la composición del pueblo invita a imaginar que paseamos bajo una inmaculada catedral de papel. Las calles por donde Ella va son de imposible paso. Miles de devotos contemplan absortos como los del lugar, almonteños que siguen las mas viejas tradiciones, llenan el aire de explosiones de escopetas que son la mas marismeña salva que pueda ofrecerse a una Virgen que es Reina de las Marismas. Un olor a pólvora se queda flotando en el aire donde los pájaros asustados sales en estampida, locos de ruidos y extrañados por la inhabitual multitud.

Cada siete años cuando Rocío peregrina hasta Almonte, la soledad de la aldea sola la compensa el gran ambiente festivo y el gran reguero de devociones que, desde todos los puntos de España, confluyen en Almonte que en esos días la estancia de la Virgen la convierten en la capital mariana por derecho propio.

Nueve meses mía y conmigo dirá Almonte con mas razón que nunca. Nueve meses en que la Iglesia del pueblo será el mas ilusionado vientre que habrá de desembocar en el alumbramiento del Regreso, igual que se vino.

Pero antes, ahora vestida de Reina, Rocío recorrerá las calles y dejara claro donde anida cuando no esta en la aldea. Su pueblo, al filo del paroxismo, entra en la Iglesia a buscarla para pasearla por sus calles y siempre, siempre que Almonte la levanta parece Lunes de Pentecostés, siempre parece que es una Madrugada donde los relojes son esclavos de la voluntad de un pueblo.

Y con esplendor, que si Almonte supo como nadie ir a por ella, traerla y recibirla, como nadie sabe dejarla salir después de pasearla toda la noche por el pueblo cuando sea otra vez amanecida y espere un camino de regreso lleno de entusiasmo como cuando venían. Eso será falten escasos días para un nuevo Lunes de Pentecostés y otra vez acompañarla y otra vez por el mismo por el mismo camino dejarla en su nido al pie de la Madre.

Para entender mejor el Rocío, para acercarse a la magnitud que esta Romería levanta en el animo del sur, hay que seguir a la Virgen por los caminos hasta llegar a Almonte y hay que estar en Almonte cuando Ella esta porque entonces, solo entonces, se entenderá bien el vacío de una aldea que sin Ella no es sino un placido solar marismeño.